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Buenas prácticas para abogados en el uso de la Inteligencia Artificial

Cómo integrar la IA en un despacho sin perder rigor, control ni responsabilidad

La inteligencia artificial ya forma parte del trabajo jurídico diario. Herramientas de IA legal como Prudencia.ai ayudan al abogado en usarla bien. No como una promesa futura, sino como una herramienta que muchos abogados utilizan —a veces de forma informal, a veces sin un marco claro— para investigar, redactar o contrastar argumentos.

El problema no es usar IA.
El problema es usarla sin método.

En un despacho de abogados, cualquier herramienta que intervenga en el razonamiento jurídico afecta directamente a tres elementos críticos: la calidad del servicio, la confianza del cliente y la responsabilidad profesional. Por eso, hablar de buenas prácticas en IA no es hablar de tecnología, sino de cómo ejercer mejor el Derecho en un entorno nuevo.

Este artículo recoge un enfoque práctico, pensado para despachos reales, con principios claros y aplicables desde hoy.

Qué significa “usar bien” la IA en un despacho

Usar bien la IA no consiste en automatizarlo todo, ni en delegar decisiones jurídicas en una máquina. Consiste en integrarla como herramienta de apoyo al criterio profesional, con límites definidos, supervisión humana y control del riesgo.

Una buena práctica siempre responde a estas tres preguntas:

¿Para qué tarea concreta estoy usando la IA?

¿Qué riesgos introduce en este caso?

¿Quién revisa y asume la responsabilidad del resultado?

Si no puedes responderlas, no estás usando IA: estás improvisando.

1. La IA no decide: asiste al razonamiento jurídico

La primera buena práctica es conceptual, pero decisiva:
la IA no sustituye el juicio jurídico, lo acompaña.

En la práctica, la IA funciona bien para:

ordenar información,

generar esquemas,

resumir textos complejos,

proponer hipótesis o líneas argumentales,

detectar incoherencias o lagunas.

Pero no debe:

fijar la estrategia procesal,

valorar la viabilidad real de un caso,

interpretar hechos sensibles,

asumir conclusiones jurídicas sin revisión.

Todo resultado generado por IA debe entenderse como un borrador razonado, nunca como una respuesta final. El abogado sigue siendo quien decide qué es correcto, qué es prudente y qué es defendible.

2. Supervisión humana: la regla que no admite excepciones

Una de las malas prácticas más habituales es confiar en que “si suena bien, estará bien”.
En Derecho, eso es un error grave.

La supervisión humana no es una formalidad: es una obligación profesional. Cualquier contenido que:

vaya a un cliente,

se incorpore a un escrito,

sirva de base para una decisión,

debe ser leído, contrastado y validado por un abogado responsable.

Buenas prácticas concretas:

Revisión obligatoria de citas legales y jurisprudenciales.

Verificación de fechas, competencias y criterios aplicables.

Separar claramente hechos probados de argumentación jurídica.

No aceptar razonamientos “convincentes” sin base verificable.

Si un error llega al cliente o al juzgado, no lo cometió la IA: lo cometió el despacho.

3. Datos y confidencialidad: el límite más importante

Uno de los mayores riesgos del uso informal de IA es el tratamiento de información sensible.

Buena práctica esencial:
no introducir datos confidenciales, personales o identificables en herramientas que no controlas.

Esto incluye:

nombres de clientes,

hechos concretos de un caso,

documentos íntegros,

datos económicos, penales o de salud.

El uso correcto pasa por:

anonimizar la información,

abstraer el problema jurídico,

trabajar con supuestos genéricos cuando se use IA generalista,

o utilizar herramientas diseñadas específicamente para entornos jurídicos y profesionales.

Si no sabes qué hace la herramienta con los datos, no metas datos.

4. Transparencia: la IA no puede ser “invisible”

Otra buena práctica clave es la transparencia, tanto interna como externa.

Dentro del despacho

El equipo debe saber qué herramientas están permitidas y cuáles no.

Debe existir un criterio común sobre cómo y para qué se usa la IA.

No puede haber “usos en la sombra” porque eso rompe el control del riesgo.

Frente al cliente

No se trata de explicar la tecnología, sino de no inducir a error. Si la IA ha tenido un papel relevante en el trabajo (por ejemplo, en la elaboración de un informe o análisis), el despacho debe ser capaz de explicarlo con naturalidad y sin opacidad.

La confianza no se pierde por usar IA.
Se pierde por ocultarla mal.

5. Responsabilidad profesional: no hay atajos

Una idea debe quedar clara:
la responsabilidad nunca se delega en una herramienta.

Si un escrito tiene un error, si una recomendación es incorrecta o si un cliente resulta perjudicado, la responsabilidad es del profesional que firma y del despacho que presta el servicio.

Por eso, una buena práctica es asignar siempre:

un abogado responsable por asunto,

un criterio claro de validación,

y, en asuntos relevantes, una doble revisión.

La IA puede ahorrar tiempo, pero no puede absorber responsabilidad.

6. Formación: usar IA sin entenderla es un riesgo

Muchos problemas no vienen de la IA, sino del desconocimiento de sus límites.

Una buena práctica imprescindible es formar al equipo en:

qué puede hacer la IA y qué no,

dónde suele fallar,

cómo detectar respuestas dudosas,

cómo formular buenas instrucciones,

cómo proteger la información.

No hace falta que todos sean técnicos, pero sí que todos entiendan que:

la IA puede equivocarse,

puede inventar referencias,

puede simplificar en exceso,

y puede reproducir sesgos.

La formación no es un extra: es una medida de prevención.

7. Política interna de uso de IA: simple, pero escrita

Un despacho que usa IA debería tener, al menos, un documento interno que establezca:

herramientas autorizadas,

usos permitidos,

tipos de datos prohibidos,

obligación de revisión,

criterios de responsabilidad.

No tiene que ser largo ni complejo.
Tiene que existir.

La ausencia de reglas claras no da flexibilidad: genera riesgo.

Errores comunes que conviene evitar

Para cerrar, algunos errores frecuentes que conviene desterrar cuanto antes:

Copiar y pegar sin revisar.

Usar IA “porque ahorra tiempo” sin evaluar consecuencias.

Introducir información sensible por comodidad.

Tratar la IA como una fuente jurídica.

Pensar que el cliente “no se dará cuenta”.

La IA no perdona la falta de criterio.
La amplifica.

Conclusión: la IA como ventaja competitiva responsable

La inteligencia artificial puede ser una enorme ventaja para los despachos que la usan bien: más eficiencia, mejor análisis y más tiempo para pensar jurídicamente.

Pero solo aporta valor cuando se integra con:

método,

control,

supervisión,

y responsabilidad profesional.

En Derecho, la tecnología no sustituye el criterio.
Lo exige más que nunca.

 

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